El Jueves de Corpus Christi volvió a transformar el Centro Histórico de Oaxaca con una de sus tradiciones más arraigadas: la venta y consumo de las empanaditas dulces, un ritual culinario y religioso que se mantiene vivo desde la época colonial. Desde temprano, los atrios de los templos se llenaron del aroma a canela, piña, coco y lechecilla, mientras comerciantes colocaban canastos y mesas repletas de estos bocadillos tradicionales.
La festividad, celebrada sesenta días después del Domingo de Resurrección, tiene su origen en los antiguos conventos de la ciudad, donde las monjas preparaban empanadas para obsequiar a los fieles al término de las ceremonias. Con el tiempo, la receta pasó a las cocinas familiares y se convirtió en un símbolo gastronómico del Corpus Christi oaxaqueño.

Los sabores tradicionales —piña, coco y la emblemática lechecilla— continúan siendo los más buscados por habitantes y visitantes. Las empanadas se elaboran de manera artesanal, extendiendo la masa a mano y horneándolas con leña, lo que les da su característico aroma ahumado.

Junto a las empanadas, también se venden las tradicionales mulitas de hoja de maíz, inspiradas en la leyenda del “Día de las Mulas”, que forma parte del imaginario popular asociado a esta celebración.


Corpus Christi en Oaxaca combina fe, historia y gastronomía, convirtiéndose cada año en un punto de encuentro para la comunidad y un atractivo cultural para quienes visitan la ciudad.

